Sistema de seduccion subliminal
Sobre el mundo de la pareja y la seduccion

El hombre divorciado

Nadie suele decir «salgo con un hombre que va a divor­ciarse de una mujer que ha sido una buena esposa y una madre magnífica; no están claros los motivos, excepto que al parecer quiere comenzar una nueva vida». Esta visión de un divorcio sería intolerable para cualquier mujer. Por eso, todo separado ha estado casado con una bruja que lo ator­mentaba, le robaba el dinero, le explotaba de una manera vil e inmoral mientras él luchaba por sacar adelante a los ni­ños, y a quien él soportaba y consentía sólo por su integri­dad y su bondad innatas.
 
Por consiguiente, te dirá más o menos esto:
 
No tienen relaciones sexuales desde hace más de cinco años. (Explicación de cómo tienen ese hijo de tres años cuya custodia ella quiere quitarle: «Fue por lástima.»)
Se casó con ella obligado por sus padres/por la socie­dad/por los padres de ella.
Ella padece una enfermedad terminal.
Ella sufre depresión y desequilibrio mental, diagnostica­dos por un médico.
Ella está convaleciente de una enfermedad terminal, una depresión o un desequilibrio mental clínicamente diag­nosticados.
Ella maltrata a él/a los hijos/a la asistenta/a la mascota de la familia.
Si fuese por él, ya estaría divorciado, pero prefiere esperar a que los hijos acaben la escuela/empiecen la escuela/se marchen de casa/a que muera su anciana madre.
Ella es alcohólica/drogadicta/lesbiana o las tres cosas a la vez.
Ella es fría, gorda, criticona, aburrida, mandona, suicida o todas esas cosas a la vez.
No quiere que le embarguen todo el sueldo para pagar la asignación de su mujer.
Así pues, acabarás imaginando a esa mujer/ex mujer como
una combinación de:
Camilla Párker Bowles.
Joan Collins.
Una funcionaría de penitenciaría en un filme negro de los años cuarenta.
Y cómo te imagina ella a ti, aunque no sepa que existas,
e incluso aunque tú no existas:
 Glenn Clóse en la película Atracción fatal.
 

Por tanto, ¿crees que vale la pena asumir el riesgo, aun sabiendo que el individuo que tienes sentado enfrente no es más que una ilusión óptica? Pues aunque parezca extraño, cuando él te rellena el vaso de vino, ríe tus bromas y te mira fijamente a los ojos mientras contesta tus preguntas francas y tú consideras sus respuestas sinceras y honradas, no ves una rata acorralada, embustera, desesperada, carcomida por los remordimientos y superviviente de un cataclismo devastador. No ves a un hombre que acaba de atravesar una experiencia casi mortal y que está reviviéndola ahora mis­mo, incluso mientras comenta su pasión por el golf.

Lo que ves es un marido-sin-pareja, franco, sincero, emocional- mente vulnerable, con hambre sexual atrasada... y que te adora. Este hombre parece un regalo del cielo comparado con esos jovenzuelos reacios a comprometerse y contraer matrimonio a los que amaste antes, esos que empezaban a jadear si por casualidad se te ocurría preguntar qué plan ha­bía para el fin de semana. Estuvo casado (y todavía lo está, dicho sea de paso), tiene hijos, ha cambiado pañales, jugado al escondite.
Es un hombre de familia. No de tu familia, cla­ro está, pero eso es sólo cuestión de tiempo y de un par de detalles jurídicos. Ves su divorcio como una reliquia del pa­sado, un fait accompli. A él lo ves libre y emocionalmente disponible.
Y tu corazón va a su encuentro.
 
Pues llámalo ¡y que regrese enseguida a su sitio!
 
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